|
A los amigos que no estan
Anoche retorne a mi vereda.
A caminar las baldosas de mi cuadra.
A levantar después de tanto tiempo,
los restos del horror y la desgracia.
Al barrio que vio pelarse mis rodillas
en las tardes de siestas despejadas,
persiguiendo atrás de una pelota,
la inocencia que temprano nos dejaba.
Al que me vio crecer junto a los otros
entrañables compañeros mutilados
por la sombras, la mentira y el silencio,
por el ahogo, la bruma y la nada.
Sus voces llegaban aturdiendo
los senderos vacíos de sus huellas.
Sus manos fantasmales parecían
de nuevo enarbolar una bandera.
De nuevo con sus rostros de asombro
con sus risas escondidas sabe donde,
con los sueños rotos como un hueso,
con la alegría astillada por los hombres.
Que poco quedo, que poco,
incesantes vistas borroneadas,
el dolor o la vergüenza en la pregunta,
una puerta que supimos fue pateada.
¡Hay que poco quedo, que desperdicio!
Que miedo a los recuerdos trasuntados,
Que esfuerzo; que tesón, con que delirio
guardamos las respuestas anunciadas.
¿y quien puede hablar del hasta cuando?
De la sangre en la boca degustada,
del horror del después, de la mirada
de la pequeña esperanza conjugada.
Y ahí, entre fantasmas y espejismos
ver perder el soñar con un mañana.
¿Como entender pregunto, tanto odio?
¿Cómo enjuagar la sangre derramada?
Como poder punto y aparte,
Y empezar de nuevo una cruzada.
De aquí y de allá el dolor duele,
Y no hay justificaciones ni palabras,
Ni coartada, ni argumentos que devuelvan
La cobardía de las vidas cercenadas.
¿a quien alcanzarle ahora un pensamiento?
¿con quien compartir hoy la carcajada
Anoche amanecido y sin mordazas,
parlotee por aceras descuidadas.
Mi barrio me vio volver mucho más viejo,
preguntar por los amigos de mi infancia,
y sentí como el silencio se hizo oscuro,
y hasta puedo jurar que él lloraba.
|